A mi ma´Juana, ma´Juanita
Hoy soñé con mi abuela.
Son las 4:56 am y no puedo conciliar algunas ideas porque me rebotan en la
cabeza cientos de imágenes de infancia y adolescencia. Es frustrante cómo
vienen las imágenes después de un prolongado insomnio y un sueño corto; sientes golpear los recuerdos con una voracidad emocional pero plagada de vacíos.
Ella era una mujer con
un vigoroso sentido del humor; presta a regañar cuando era necesario y amorosa
hasta el hartazgo con sus nietos.
Recuerdo a un niño de cuatro a seis años que acostumbraba acostarse a su
lado en un sofá, mientras platicaba con sus padres o las visitas del día.
Siempre fui ese metiche y zalamero auténtico, pero no lo hacía por recompensa,
en verdad me gustaba sentir su calor.
En las fiestas de fin de
año, yo era aquel monigote que rebotaba en las nalgas de los mayores mientras
resonaban canciones de cumbia, y observaba emocionado a esa Pachamama bailar
con sus hijas y yernos. El olor a comida abundante y bullicio familiar. El olor
a pólvora cuando quemaban el “viejo” de fin de año. La silueta de un
matriarcado forjado a base de enseñanza.
Mujer de la tierra
sobrellevando una familia fragmentada y criando generaciones distintas de
nietos. Nadie fue más madre en mi vida. Ahora han pasado 43 días desde su
muerte y me taladra en la cabeza la pregunta: ¿por qué no lloré en su funeral? ¿Por
qué no estallé en una lluvia catártica y cerrada como la que ese día cayó en el
camino al cementerio? Era el escenario perfecto: una procesión sigilosa en un
marco de nubarrones.
La soñé en su sala
sentada, rebosante en cuerpo, sólida y bromeando; era la escena de la última
vez que la vi —tres días antes de morir—, pero no estaba delgada o carcomida
por ese cáncer insensato que corroe y diluye los cuerpos.
Contaba historias y
reía, aunque en el fondo los dos sabíamos que el final estaba cerca, pero yo
pensaba que debía decirle lo mucho que la quise y agradecerle lo perfecta y
divertida que fue mi infancia a su lado. Incluso en este despertar onírico,
sentía un nudo en la garganta y la invité a salir a la entrada de la casa,
donde había un aire frío y fresco que a ella le pareció agradable —aunque
cualquier airecillo en vida le parecía una tempestad siberiana—.
Lo peor del sueño es que
no resolví el discurso final o tengo recuerdos vagos; fue peor que una
declaración de amor porque ella no paraba de hablar felizmente, como siempre lo
hacíamos, y yo no sabía por dónde empezar…
Ahora resulta curioso
que hace sólo un día comentaba unas líneas de Rojas con un gran amigo. Unos
versos que me aplastaron con peso de evidencia:
*“Me hablan del Dios o
me hablan de la Historia. Me río
de ir a buscar tan lejos
la explicación del hambre
que me devora, el hambre
de vivir como el sol
en la gracia del aire,
eternamente”.
Y aunque sólo fue un
sueño, no quiero darle esa connotación romántica de los ilusos, pero me sirve
para recordar el último día que la vi:
Había algo de luz triste
en ese último abrazo cálido. Me dijo con voz entrecortada por el llanto: “Los
quiero mucho hijos, siempre los he querido. Salúdame a tu hermano”, mientras yo
intentaba en vano consolarla con su próxima recuperación.
En realidad ella sabía
que pronto sucumbiría y nosotros sólo éramos los girasoles que veían su
partida.
*Gonzalo Rojas (2012). Contra
la Muerte. Íntegra, obra poética completa, 155-156. México, DF: Fondo de
Cultura Económica.