miércoles, 9 de diciembre de 2015

Cannibal Corpse, tormenta sonora en concierto


Nos llegó la hora. Cannibal Corpse y Testament en concierto en el pabellón oeste del Palacio de los Deportes. Surcamos el territorio Xalapa-México en una camioneta algunos amigos para llegar a la cita. Botanas y algunas cervezas para el camino; lo suficiente y nada más.

Husmeamos un rato en la mercancía que venden afuera del auditorio y entramos al foro a las 7, ya con personas de pie y apretujadas en la parte cercana al escenario. Dispuesta a soportar embestidas, la gente no se movió ningún centímetro para resguardar su espacio.


Bastó una charla con amigos para quemar la hora restante. Pasamos revista a la discografía de Cannibal, los álbumes que más nos gustan, los cambios de alineación y la persistencia musical de la banda a pesar de los años.  Las diferencias irreconciliables de los fans por la etapa con Chris Barnes y la de “Corpsegrinder”. Todo en un buen tono mientras seguía llegando una oleada de metaler@s con playeras negras.


Puntuales, 8:05 minutos apareció Paul Mazurkiewicz a tomar su lugar tras la batería; Alex Webster tocó dos notas con su bajo; la barba de monje desaliñada de Rob Barret se hizo presente, mientras a la derecha (desde mi posición) se acomodaba la guitarra Pat  O´Brien. Imagen retocada con un manto de gritos, alaridos y señales de cuerno sobrevolando las cabezas.

George camina hacia el centro, se escuchan 4 compases con el contra y revienta el lugar con la semilenta “Scourge of Iron”,  luego “Demented Agression” y “Evisceration Plague”. No hay que explicar demasiado lo conocido. Cannibal Corpse es una banda que ha pisado escenarios en todo el globo, con demasiadas tablas para dejar al público descontento. Desde el arranque hasta el final sólo paran para secarse un poco el sudor 3 veces, saludar, bromear un poco y volver a la carga.

Literalmente te martillan los oídos con técnica y poder. El resto lo hace el público. Entre disfrutar, mover el cuello, cuidar que no se caigan mis lentes y quede a oscuras (¡maldita miopía!), me la pasé moviéndome de lado a lado, procurando no perder la posición frente al escenario.

“Stripped, Raped and Strangled” me recibió con la salpicadura de una cerveza que voló por los aires. Para “Sentenced to burn” mi frente y espalda estaban totalmente húmedas de sudor. Las nuevas rolas del A Skeletal Domain fueron bien recibidas y sonaron macizas, a pesar de unos detalles de audio en la guitarra de O´Brien.

El slam —esa bella fiesta taurina— dejó de ser para mí una opción, lo admito. Así que sólo disfruté viendo cómo la gente rebotaba de hombro en hombro, espalda con espalda, nalga con rodillas, chichi contra cabeza y etcéteras. Si alguien cae, afortunadamente, siempre es ayudado a levantar el vuelo y regresar al remolino de codazos y cabellos. Hay todavía honor entre caballeros y damas. O al menos es lo que dicen.

El momento cumbre llegó con “Unleashing the Bloodthirsty”, aunque un lapso especial fue cuando Corpsegrinder anunció con su voz limpia, pero rasposa como lija, the next song is about love… I cummm Bloood!!.



Para el cierre tocaron “Make the suffer”, “A skull full of maggots” y el clasiquísimo Hammer Smashed Face, que sonaron como debe ejecutarse el death metal: apabullante, preciso y sin concesiones.

De pilón nos regalaron un rolonón: Devoured by Vermin. Se hizo la oscuridad y todos nos quedamos con ansias de más y más.

Lo curioso es que tocaron 17 canciones en tan solo 1 hora, 15 minutos. Casi sin parar. Cierto, algunos salen molestos porque hay tanto material antiguo como nuevo que queda en el tintero. Pero —quejas aparte– salí satisfecho.

Cannibal Corpse hace honor a sus más de 25 años en la carretera sin aspavientos ni necesidad de parafernalia, como lucecitas extravagantes o explosiones. Ellos sólo llegan, cimbran el auditorio y hacen música directa, como puñetazos a una horda de zombis.
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Set List

1.- Scourge of Iron
2.- Demented Aggression
3.- Evisceration Plague
4.- Stripped, Raped and Strangled
5.- Disposal of the Body
6.- Sentenced to Burn
7.- Kill or Become
8.- Sadistic Embodiment
9.- Icepick Lobotomy
10.- The Wretched Spawn
11.- Dormant Bodies Bursting
12.- Unleashing the Bloodthirsty
13.- I Cum Blood
14.- Make Them Suffer
15.- A Skull Full of Maggots
16.- Hammer Smashed Face
17.- Devoured by Vermin
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                                                                                              Ricardo González “Warchief”

domingo, 29 de noviembre de 2015

Tocar black death metal en México, sin morir en el intento**

“Salta con la camisa en llamas
 de estrella en estrella,
de sombra en sombra.
Muere de muerte lejana
 la que ama al viento”.

 “Árbol de Diana”, Alejandra Pizarnik



Sobrevivir en una banda de metal en México es equilibrismo puro. Se divide el tiempo en ensayos, la vida laboral, la fiesta inoportuna y la pareja conyugal, si se tiene. Uno esquiva compromisos para organizar la agenda de conciertos con una precisión milimétrica que impresionaría a cualquier cirujano estético, sin mencionar los desvelos posteriores a cada evento en el trabajo, dignos del autocontrol de un velador escolar.
  Te pierdes juergas, ciclos de cine, tardes frente al televisor y cenas familiares sin chistar al elegir este camino, porque sabes que en la carretera recargas las baterías y celebras como mono en celo.
Hablo de agrupaciones que dan el salto a las grabaciones y a las giras, aunque sean en tu estado, ciudad o país. Con interés por desarrollarse musicalmente y a exponerse a las críticas feroces de los metalheads. Destructivas o constructivas las reseñas dan lo mismo, siempre y cuando tomes cada adjetivo con la mente fría.

  Mi banda se llama Alfa Eridano Akhernar. Surgió en 1999 en Xalapa; grabó dos demos, un split, y 4 full-lenght llamados “The Magnificent Rebirth of a Mighty Old Empire” (2004); Aberrant Hate Icon (2007), The Myth (2010) y el “Aztec War Metal” (2014).

  No somos una banda satanista, ya que preferimos usar la mitología e historia prehispánica para complementar la música, sin restarle importancia a ningún engranaje en la composición. Además no usamos plumas, no matamos pollos ni nos trepamos al escenario con taparrabos, como pensaría cierta gente. Y ya nos sabemos todas las bromas al respecto, gracias. No, sólo tocamos metal como nos viene en gana.

  Entré al “Alfa” en el 2006 y desde entonces he grabado 3 discos bajo el mote “Warchief”. Ahora vamos hacia el cuarto álbum si nada se interpone, pese a las dificultades temporales y económicas.
En estos años nos ha pasado de todo. Y me refiero a pasarla bien a manos llenas en una playa de Acapulco después de tocar, hasta encerrarnos horas en un cuarto estrecho para ensayar, sudorosos y molestos, hasta que sale una canción que quizá ni termine por cuajar del todo.

Desde cooperar para llegar a un evento hasta dar un concierto con amplificadores pequeños en un bar donde matan gratis; incluso dormir en terminales de autobuses, incidentes carreteros, vómito, más vómito —mucho vómito—. Desencantos y ligues, vecinos quejosos y fiestas por el puro placer del absurdo.

  Cuerdas rotas ante un público difícil; que no suena el teclado o la voz; la batería es un adefesio. Olvidar ropa en hoteles, conocer amigos entrañables y también gente nefasta. Compartir escenario con bandas que admiras; discutir con ingenieros de audio y escuchar ruidos de interferencia mientras tocas.

 Desayunar con familias impecables (padres del organizador del evento) mientras tú llegas a la mesa con resaca y un chaleco con parches y botas. Ser bendecido por señoras (“diosito te bendiga, mijito”); miradas curiosas de la gente.

 Firmar autógrafos, desconocidos que quieren tocar tu cabello largo, intercambiar anécdotas de conciertos de antaño, reconstruir borracheras de las cuales no recuerdas nada (afortunadamente); comprar alcohol a altas horas de la noche en ciudades desconocidas.

  Y música, mucha música. Charlar sobre cuál fue el mejor álbum de Sodom, dónde sonó mejor la batería de Slayer; el bajo de Death en el “Human”; la guitarra de Azagthoth en “Altars of Madness”; el mejor estribillo de Bathory o Emperor. El productor que mezcló y masterizó a Absu en el “Tara”. La fuerza, el mensaje de tal letra o discutir sobre el arte de los discos.
En fin, una tropa de ñoños arrancándose argumentos del hocico hasta que se acaba la noche y comienzas a ver esos primeros rayos del amanecer…

II

Vivir exclusivamente de tocar black, thrash, death en México aún parece lejano. Sobre todo cuando te topas con mánagers que no quieren pagar ni los viáticos mínimos, como hospedaje y alimentación. Con músicos que aceptan las condiciones y fomentan el círculo de “pagar por tocar”.

 Además, radicar en una ciudad con “ambiente cultural”, pero repleta de foros para tocar jazz, bossa, rock, reggae, electro y trova, con un mínimo porcentaje de espacios para armar una tocada de metal, desanima un poco a veces. Y no es llanto de plañidera, porque a mí me fascina el jazz que suena en la “Atenas Veracruzana”; las tardes de café, el olor a tierra mojada cuando cae la neblina, y una charla de por medio mientras vemos pasar la nada.



  Y aquí estamos, con más de treinta años, el cabello corto y un hígado resentido, envueltos en una playera negra estampada de “Exhumed”, recordando a los padres cuando te decían a los 13 años: “De adulto vas a usar camisa de cuadros y olvidarás ese ruidero que escuchas”.
También te rondan preguntas como: ¿Seguiré tocando metal en México? ¿Es por amor al arte?

  ¿Continuarás arriesgándote con cada álbum nuevo? A todo cuestionamiento me retumba un “¡Sí!”.
Un sonoro “sí” que no hiede a “activismo” musical de ceja alzada, que busca imponer un estilo. Al final cada quien elige sus placeres. Si eres metalero, no despiertas de pronto un domingo y deja de gustarte el género. El chiste es ir sorteando los riesgos de caer, mirando hacia abajo, a los lados, con brincos y danzando en la cuerda floja o tensa.
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** Publicado en www.cosasolvidadas.com

miércoles, 7 de octubre de 2015

Puñeta mental sobre futbol



Hace unos días tuve un sueño futbolero. De ésos donde Oliver Atom era mi delantero; Roberto Carlos, la defensa derecha; Dunga, el central; Robin Van Persie me orquestaba la delantera, y yo —en la media— hacía magia para deleite de las multitudes.

En el momento más álgido del duelo —me cometían falta e iba a cobrar un penal— sonó mi celular y un motor de vocho ladró con furia en el vecindario. Cerca, cerquísima, estuve de la gloria, el levantamiento en hombros y la algarabía mundialista.

Oliver Atom.
Lo curioso es que sé muy poco del arte de las canchas. No me arrellano frente al televisor a ver partidos (¡duran 90 preciosos minutos!), porque la psicosis por hacer otra cosa     —igual de inútil— me guía hacia otros lugares.

Pensé: quizá sólo sea esa añoranza de la niñez que llega con los treinta, donde la reunión posterior a la cascarita callejera era un duelo de anécdotas sobre quién había jugado mejor.
O quizá la curiosidad por imaginar un universo paralelo que dibujara el despertar en una familia pambolera, con padres gritándote —desde el público— en la cancha local: “¡vamos, vamos, hijo, desmárcate!”.

Carlos Bledorn "Dunga"
O el desencanto de alguna derrota adolescente —no superada— en un campo lleno de charcos, con el short desgarrado por una barrida en el área chica que evitara el gol del triunfo contrario.

Mientras descubro si es aquello o lo otro, seguiré intentando regresar a ese sueño, nomás por el puro placer chingativo de ser mexicano y —ahora sí— ganar un partido importante en penaltis.






Ricardo Martínez González.

sábado, 24 de enero de 2015

Arándano

Ella odia el frío tanto como yo le amo. Arándano seco que estalla en sabores cuando su lengua sobrevuela. Una conversación entrecortada frente a su puerta y un jueves, tan de noche, que se resiste a ser juego.

A hurtadillas regreso a esa duna de respuestas distraídas. Y no intento remediar nuestros últimos escapes, sino emborronar posibilidades de día.

Hay dos macetas en su balcón. Una menta que no termina por crecer. Una silla fría aguarda mejores tiempos.


Y, aunque no lo parezca, vuelvo a mirarte —de espaldas— mientras escribes tu última nota, apresurada.