Al retomar el virtuosismo del clásico, el vibrato del blues y la improvisación del jazz, crea nuevas especies que luchan por renovarse a pesar de los detractores. Y me refiero también a desarrollo en términos de ideología. De hurgar en el ambiente social y exponer un descontento emocional, político o fúnebre.
Si eres católico, la doctrina demoniaca del black te sonará infame; si eres crudivegano, las letras del death y el grind te parecerán absurdas; si eres panista las letras del grincore y el thrash quizá te suenen contestatarias, etcétera.
Pareciera que el género se fortalece entre más incisos musicales tenga que aportar al grueso de los fans. Pero no es así, lamentablemente.
En el mundo de los smarthfones y la tiranía de las redes sociales, la campaña por ridiculizarse entre seguidores del metal llega a niveles irrisorios.
Verbigracia: Si antepones el thrash del siglo XXI al death metal sueco ochentero, eres poser. Si prefieres el Sepultura posterior al Chaos A.D. en lugar del Morbid Visions y el Schizophrenia, doblemente poser. Si te gusta más el deathcore que el black noruego, combo-poser con estrellita en la frente.
El ingenio del metalero promedio llega a su culminación con el uso de los “memes”, donde la reducción al absurdo se traduce en un “tiro la piedra y escondo la mano”. En una danza gráfica que el ridiculizado no conoce y es juzgada por un juez ciego.
Es el emparedamiento de quien no comparte mis gustos: una postura de supuestos expertos mofándose de supuestos advenedizos en un tema.
En México, la historia se vuelve más divertida cuando aparecen festivales multigéneros, como el Hell & Heaven. Evento musical de proporciones cada vez más grandes y que tomó dimensiones de cuasiactivismo social cuando fue cancelado por el nefasto Eruviel Ávila, gobernador del Estado de México, quien argumentó que éste no contaba con las suficientes “normas de seguridad” para garantizar el óptimo desarrollo de las actividades.
En realidad sólo se requería un espacio grande para instalar escenarios, baños, seguridad privada y mucho terreno para acampar y rodar de ebriedad o headbanging. El lugar ya estaba asegurado en Texcoco por las autoridades municipales, pero las estatales echaron abajo los permisos “por el bien común”. Pérdidas —según el staff del festival— de 150 millones de pesos. Lo curioso fue que semanas después en el sitio hubo una feria local que terminó en balazos y con saldo de dos muertos.
En fin, en marzo del 2014 todo era “el gobierno nos cuarta las libertades”, “discriminan lo que no conocen” y otras frases grandilocuentes. Ahora que el Hell ya es patrocinado por una marca cervecera y el cartel incluye bandas de todos los géneros, con una tendencia más hacia (sí, ese mamón anglicismo) mainstream, todos tiran pestes. Unos defienden las ediciones anteriores, a las que no fueron; otros festejan el tino de los organizadores por reunir un cartelazo digno de Europa.
Entonces, además de las riñas anecdóticas por cuál año fue mejor, súmenle a este festín las redes sociales con tropas “antiposers” descalificando bandas, como si de cacahuates habláramos. El panorama es ridículo y divertido. Y admito, con un poco de sonrojo quizá, que he pasado horas leyendo los comentarios del Facebook del Hell & Heaven cada vez que hacen un anuncio, y no paro de reír y también asquearme.Las publicaciones parecen una guerrita de lodo por imponer preferencias personales y hacer frente común contra otros que, ni tardos ni perezosos, responden a las embestidas llevando los insultos al terreno no sólo de la música, sino de un odio que insulta como berrinche.
Leí por ahí a una chica diciendo “estúpidos metaleros, arruinaron el metal”. Y la frase surcó el aire, como piedra esperando a quien la alcance, feroz en su vuelo y caída.
Si “nuestra” música ya trae el estigma atrofiado de las autoridades tercermundistas, ¿por qué abonarle una campaña endémica de desprestigio?
Cierto, muchos esperaban —y aquí me pongo la camiseta true 666— un cartel más diverso, pero quién ha ido a un festival y ha quedado contento en su totalidad. Los organizadores siempre apelan a todos los públicos, con la consigna única y válida para sus bolsillos: llenar. Y si desentierran bandas de nu-metal para la chaviza (que ahora tiene más de 30 años), el objetivo también es alentar la nostalgia y vender unos boletos más.
Ojalá esa fuerza, que nos unió cuando la política priista se interpuso en el camino, sea un recuerdo de que la brutalidad que expelen las guitarras distorsionadas y los blast beat es un odio constructivo, capaz de exigir más y mejores conciertos. Que esa etiqueta llamada “underground” no sea sinónimo de enemistad, sino de colaboración para ser inmunes a políticos rastreros y organizadores voraces.
Ricardo Martínez González
ricmaglez@gmail.com
