domingo, 29 de noviembre de 2015

Tocar black death metal en México, sin morir en el intento**

“Salta con la camisa en llamas
 de estrella en estrella,
de sombra en sombra.
Muere de muerte lejana
 la que ama al viento”.

 “Árbol de Diana”, Alejandra Pizarnik



Sobrevivir en una banda de metal en México es equilibrismo puro. Se divide el tiempo en ensayos, la vida laboral, la fiesta inoportuna y la pareja conyugal, si se tiene. Uno esquiva compromisos para organizar la agenda de conciertos con una precisión milimétrica que impresionaría a cualquier cirujano estético, sin mencionar los desvelos posteriores a cada evento en el trabajo, dignos del autocontrol de un velador escolar.
  Te pierdes juergas, ciclos de cine, tardes frente al televisor y cenas familiares sin chistar al elegir este camino, porque sabes que en la carretera recargas las baterías y celebras como mono en celo.
Hablo de agrupaciones que dan el salto a las grabaciones y a las giras, aunque sean en tu estado, ciudad o país. Con interés por desarrollarse musicalmente y a exponerse a las críticas feroces de los metalheads. Destructivas o constructivas las reseñas dan lo mismo, siempre y cuando tomes cada adjetivo con la mente fría.

  Mi banda se llama Alfa Eridano Akhernar. Surgió en 1999 en Xalapa; grabó dos demos, un split, y 4 full-lenght llamados “The Magnificent Rebirth of a Mighty Old Empire” (2004); Aberrant Hate Icon (2007), The Myth (2010) y el “Aztec War Metal” (2014).

  No somos una banda satanista, ya que preferimos usar la mitología e historia prehispánica para complementar la música, sin restarle importancia a ningún engranaje en la composición. Además no usamos plumas, no matamos pollos ni nos trepamos al escenario con taparrabos, como pensaría cierta gente. Y ya nos sabemos todas las bromas al respecto, gracias. No, sólo tocamos metal como nos viene en gana.

  Entré al “Alfa” en el 2006 y desde entonces he grabado 3 discos bajo el mote “Warchief”. Ahora vamos hacia el cuarto álbum si nada se interpone, pese a las dificultades temporales y económicas.
En estos años nos ha pasado de todo. Y me refiero a pasarla bien a manos llenas en una playa de Acapulco después de tocar, hasta encerrarnos horas en un cuarto estrecho para ensayar, sudorosos y molestos, hasta que sale una canción que quizá ni termine por cuajar del todo.

Desde cooperar para llegar a un evento hasta dar un concierto con amplificadores pequeños en un bar donde matan gratis; incluso dormir en terminales de autobuses, incidentes carreteros, vómito, más vómito —mucho vómito—. Desencantos y ligues, vecinos quejosos y fiestas por el puro placer del absurdo.

  Cuerdas rotas ante un público difícil; que no suena el teclado o la voz; la batería es un adefesio. Olvidar ropa en hoteles, conocer amigos entrañables y también gente nefasta. Compartir escenario con bandas que admiras; discutir con ingenieros de audio y escuchar ruidos de interferencia mientras tocas.

 Desayunar con familias impecables (padres del organizador del evento) mientras tú llegas a la mesa con resaca y un chaleco con parches y botas. Ser bendecido por señoras (“diosito te bendiga, mijito”); miradas curiosas de la gente.

 Firmar autógrafos, desconocidos que quieren tocar tu cabello largo, intercambiar anécdotas de conciertos de antaño, reconstruir borracheras de las cuales no recuerdas nada (afortunadamente); comprar alcohol a altas horas de la noche en ciudades desconocidas.

  Y música, mucha música. Charlar sobre cuál fue el mejor álbum de Sodom, dónde sonó mejor la batería de Slayer; el bajo de Death en el “Human”; la guitarra de Azagthoth en “Altars of Madness”; el mejor estribillo de Bathory o Emperor. El productor que mezcló y masterizó a Absu en el “Tara”. La fuerza, el mensaje de tal letra o discutir sobre el arte de los discos.
En fin, una tropa de ñoños arrancándose argumentos del hocico hasta que se acaba la noche y comienzas a ver esos primeros rayos del amanecer…

II

Vivir exclusivamente de tocar black, thrash, death en México aún parece lejano. Sobre todo cuando te topas con mánagers que no quieren pagar ni los viáticos mínimos, como hospedaje y alimentación. Con músicos que aceptan las condiciones y fomentan el círculo de “pagar por tocar”.

 Además, radicar en una ciudad con “ambiente cultural”, pero repleta de foros para tocar jazz, bossa, rock, reggae, electro y trova, con un mínimo porcentaje de espacios para armar una tocada de metal, desanima un poco a veces. Y no es llanto de plañidera, porque a mí me fascina el jazz que suena en la “Atenas Veracruzana”; las tardes de café, el olor a tierra mojada cuando cae la neblina, y una charla de por medio mientras vemos pasar la nada.



  Y aquí estamos, con más de treinta años, el cabello corto y un hígado resentido, envueltos en una playera negra estampada de “Exhumed”, recordando a los padres cuando te decían a los 13 años: “De adulto vas a usar camisa de cuadros y olvidarás ese ruidero que escuchas”.
También te rondan preguntas como: ¿Seguiré tocando metal en México? ¿Es por amor al arte?

  ¿Continuarás arriesgándote con cada álbum nuevo? A todo cuestionamiento me retumba un “¡Sí!”.
Un sonoro “sí” que no hiede a “activismo” musical de ceja alzada, que busca imponer un estilo. Al final cada quien elige sus placeres. Si eres metalero, no despiertas de pronto un domingo y deja de gustarte el género. El chiste es ir sorteando los riesgos de caer, mirando hacia abajo, a los lados, con brincos y danzando en la cuerda floja o tensa.
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** Publicado en www.cosasolvidadas.com