jueves, 15 de agosto de 2013

Navío

Me consta
tu cuerpo
en estribillos de oleaje
afanándose en la roca.

Llovizna breve y volcánica
como un golpe de voz
   en la arena
   tantas veces reescrita
en un quebranto.

Y tu espalda,
asfixia de costa
a costa, duerme una calma de navío                   en siete notas de satélite.

jueves, 8 de agosto de 2013

El amigo lindo


Hablar sobre la convivencia masculina frente a la mujer y viceversa es un reto para los puristas de la sicología. Sin embargo, Serna en su artículo “La amistad femenina”* dilucida varias vertientes de ese eterno dolor de cabeza de los hombres tímidos y los de sombrero de charro con tequila en mano.

Para empezar, ¿es necesaria la amistad femenina?

Por supuesto. Y no hay mejor consejera. Los casos más difíciles que he intentado descifrar ante ellas, han sido resueltos de un solo plumazo por la mirada y el juicio acertado —a veces maquiavélico— de una amiga.

Coincido, quien no conoce la amistad femenina se expone a una orfandad terrible: “la de los chingones invulnerables que pueden ser quizá exitosos donjuanes, pero jamás conocen el lado suave y luminoso del universo”. No obstante, este beneficio suele ser una desventaja infame ante el ya malherido orgullo de un imberbe don Juan. Las mujeres buscan también la confianza en el hombre y la ligereza en el trato: reír a pierna suelta sin necesidad de husmear a cada momento en los secretos más recónditos del quehacer humano.

De este modo, cuando llega el “momento serio” las personas quizá nos encontramos un poco más desarmados anímicamente, y necesitamos sonreír ante las diversas posibilidades emocionales que nos deparan un consejo o una bula papal en labios de una amiga confidente. Pero no es a este resquicio de la convivencia al que quiero aludir, sino al lado retorcido y poco remunerado del asunto. A los pocos dividendos.

¿Qué pasa cuando los descalabros amorosos se traducen en una constante renuncia provocada por la amistad? La línea entre la amistad y el amor es muy delgada y muy “lugar común”. Pero cuando las mujeres cierran ese espacio y sólo te buscan como el “amigo lindo que escucha”, la situación suele tornarse insufrible.

Porque ser hombre también representa un reto, como traer un corsé apretado con fuerza de asfixia. Las mujeres que nos gustan nos evalúan desde el primer vistazo en cuanto a ‘sensibilidad’ y —dependiendo el grado de afinidad y contradicciones— emiten un juicio severo que cuesta innumerables charlas derribar.

Pero cuando esta compañía se traduce en una amistad irrefrenable, es peor que una gangrena en estado terminal. Mutila toda esperanza y cierra el camino a cualquier antibiótico de alto alcance. Eres el amigo y no hay vuelta de hoja.

No quiero fatalizar el asunto. Tengo amigas que no cambiaría jamás porque me volaría los sesos escuchar siempre la charla masculina. Pero convertirte en un consejero femenino habitual domestica el lado orangután que no quiero perder. Y no lo escribí mal: A mí me agrada ser un cavernícola con frecuencia. Aunque a veces –lo admito- me confundo en una mezcla de pose y hábitos.

Y viene a mi mente Rosario Castellanos: “El hombre es animal de soledades/ ciervo con una flecha en el ijar/
que huye y se desangra” […] “El ciervo va a beber /y en el agua aparece/ el reflejo de un tigre”.

Escuchar a las mujeres en cualquier circunstancia siempre es saludable, mejor cuando tienes la mente tibia por una relación “estable” —si tal cosa existe—, pero este acercamiento no debe convertirse en un simple ritual de esgrima, donde necesitemos sacar provecho del otro. Hay tiempo para todo.

El hombre siempre tiene las de perder por ser demasiado obvio —a los ojos de las mujeres—. Prefiero una retroalimentación mutua de sinsentidos, esperanzas y silencios: no sólo un revanchismo donjuanesco.


PD. Ya si la atracción fluye a pedir de boca. Amiga o enemiga: sin dolor, ¿no?


* http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/La+amistad+femenina-1440

Castellanos, Rosarios (1995). Destino. Poesía no eres tú, obra poética 1948-1971, 171. México, DF: Fondo de Cultura Económica.

lunes, 5 de agosto de 2013

...

Necesito cegarme
y darte la razón algunas veces.
Dibujarte íntegra en una tierra
confesa bajo tu lengua
oceánica:
precipicio de palabras
que caen como rocas
en dunas de silencios.

Necesito vivir
como la lluvia y precipitarme
en curiosas caminatas.
Arroparte,
recolectar tu voz,
huir —ahora que puedo—,
tirar del cerrojo
delirante de polen y palabras.