Hablar sobre la convivencia masculina frente a la mujer y
viceversa es un reto para los puristas de la sicología. Sin embargo, Serna en
su artículo “La amistad femenina”* dilucida varias vertientes de ese eterno
dolor de cabeza de los hombres tímidos y los de sombrero de charro con tequila
en mano.
Para empezar, ¿es necesaria la amistad femenina?
Por supuesto. Y no hay mejor consejera. Los casos más
difíciles que he intentado descifrar ante ellas, han sido resueltos de un solo
plumazo por la mirada y el juicio acertado —a veces maquiavélico— de una amiga.
Coincido, quien no conoce la amistad femenina se expone a
una orfandad terrible: “la de los chingones invulnerables que pueden ser quizá
exitosos donjuanes, pero jamás conocen el lado suave y luminoso del universo”.
No obstante, este beneficio suele ser una desventaja infame ante el ya
malherido orgullo de un imberbe don Juan. Las mujeres buscan también la
confianza en el hombre y la ligereza en el trato: reír a pierna suelta sin
necesidad de husmear a cada momento en los secretos más recónditos del quehacer
humano.
De este modo, cuando llega el “momento serio” las personas
quizá nos encontramos un poco más desarmados anímicamente, y necesitamos
sonreír ante las diversas posibilidades emocionales que nos deparan un consejo
o una bula papal en labios de una amiga confidente. Pero no es a este resquicio
de la convivencia al que quiero aludir, sino al lado retorcido y poco
remunerado del asunto. A los pocos dividendos.
¿Qué pasa cuando los descalabros amorosos se traducen en una
constante renuncia provocada por la amistad? La línea entre la amistad y el
amor es muy delgada y muy “lugar común”. Pero cuando las mujeres cierran ese
espacio y sólo te buscan como el “amigo lindo que escucha”, la situación suele
tornarse insufrible.
Porque ser hombre también representa un reto, como traer un
corsé apretado con fuerza de asfixia. Las mujeres que nos gustan nos evalúan
desde el primer vistazo en cuanto a ‘sensibilidad’ y —dependiendo el grado de
afinidad y contradicciones— emiten un juicio severo que cuesta innumerables
charlas derribar.
Pero cuando esta compañía se traduce en una amistad
irrefrenable, es peor que una gangrena en estado terminal. Mutila toda
esperanza y cierra el camino a cualquier antibiótico de alto alcance. Eres el
amigo y no hay vuelta de hoja.
No quiero fatalizar el asunto. Tengo amigas que no cambiaría
jamás porque me volaría los sesos escuchar siempre la charla masculina. Pero
convertirte en un consejero femenino habitual domestica el lado orangután que
no quiero perder. Y no lo escribí mal: A mí me agrada ser un cavernícola con
frecuencia. Aunque a veces –lo admito- me confundo en una mezcla de pose y
hábitos.
Y viene a mi mente Rosario Castellanos: “El hombre es animal
de soledades/ ciervo con una flecha en el ijar/
que huye y se desangra” […] “El ciervo va a beber /y en el
agua aparece/ el reflejo de un tigre”.
Escuchar a las mujeres en cualquier circunstancia siempre es
saludable, mejor cuando tienes la mente tibia por una relación “estable” —si
tal cosa existe—, pero este acercamiento no debe convertirse en un simple
ritual de esgrima, donde necesitemos sacar provecho del otro. Hay tiempo para
todo.
El hombre siempre tiene las de perder por ser demasiado
obvio —a los ojos de las mujeres—. Prefiero una retroalimentación mutua de
sinsentidos, esperanzas y silencios: no sólo un revanchismo donjuanesco.
PD. Ya si la atracción fluye a pedir de boca. Amiga o
enemiga: sin dolor, ¿no?
*
http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/La+amistad+femenina-1440
Castellanos, Rosarios (1995). Destino. Poesía no eres tú,
obra poética 1948-1971, 171. México, DF: Fondo de Cultura Económica.
Ups! True story. Been there... many, many times. Excelente post, mi buen.
ResponderEliminar