Ella odia el frío tanto como yo le amo.
Arándano seco que estalla en sabores cuando su lengua sobrevuela. Una
conversación entrecortada frente a su puerta y un jueves, tan de noche, que se
resiste a ser juego.
A hurtadillas regreso a esa duna de respuestas
distraídas. Y no intento remediar nuestros últimos escapes, sino emborronar posibilidades
de día.
Hay dos macetas en su balcón. Una menta que no
termina por crecer. Una silla fría aguarda mejores tiempos.
Y, aunque no lo parezca, vuelvo a mirarte —de
espaldas— mientras escribes tu última nota, apresurada.