La
aburridora debería tener en la Real
Academia Española una acepción más extensa y precisa. El significado “Adj. Que
aburre” no cumple su esencia pragmática en la sociedad actual, y la
interpretación tenue de las sagradas autoridades de la lengua pretende cerrar
un asidero de diversión y encono en la humanidad.
Entre
las acepciones más verosímiles propondría las siguientes:
I. Situación
donde una persona otorga una prórroga indefinida al otro, sin remuneración ni
recompensa material o emocional.
II. Ruptura
cortés.
III. Procrastinar
con silencio el anhelo o amor de otro.
Si
estas extensiones del sentido tradicional no cumplen a cabalidad la norma, al
menos darán una excusa al buscador de peligros para seguir tropezando con
conocimiento de causa. Y busco la palabra en términos afectivos, no en trámites
gubernamentales, claro está.
El humano comete el error de sentirse invulnerable en su cosmos de cristal, cuando busca una pareja. Sea hombre o mujer, quien tome la aparente delantera al perseguir, esperará una retribución por su esfuerzo a corto plazo, y este arrojo —al terminar en fracaso— se convierte en regodeo del despecho; como si la atracción que sentimos sea suficiente argumento para recibir un trato justo o equitativo: Vaya utopía del amante.
La naturaleza del deseo nos transforma en orangutanes con smarthphones. Creemos que el mundo se transforma en dos personas, cuando en realidad las relaciones son un cuadro sinóptico donde el amado puede elegir en un amplio menú cárnico, vegetal o hasta caníbal. Elija a la persona que sea, el infortunado perdedor deberá apechugar las consecuencias emocionales con unas buenas semanas deprimido, escuchando música cortavenas, tomando cerveza o dándose buenas duchas de aislamiento; de lo contrario, el acoso de quien da patadas de ahogado se convierte en “lástima”. Y no hay peor palabra para un orgullo herido, porque la conmiseración encarnada es aquella que pulula en un perrito o gatito sin casa, no en un hombrecito que se siente garañón de las cuevas.
El
dilema entre actuar o dejar apaciguar el escenario de combate siempre estará
rondando como una canción pegajosa, por eso se recomienda prudencia y una buena
charla para hilvanar los puntos en pro y contra. Me causa mucha gracia cuando escucho a alguien
decir: “Pinche vieja, se pasa de lanza”; o viceversa: “¡Es un pocohombre!”,
porque en cada sílaba —que suena como un látigo correctivo— lanzamos un beso al
cielo, como esperando una palabra de ánimo o una llovizna iluminadora.
II
La
esencia mal interpretada del rechazo en la aburridora
consiste en dotarla de un aire punitivo cruel, cuando en realidad es una simple
transacción emocional. Si al final tu pareja te cambia o decide seguir el
camino de Zaratustra, deberíamos aceptar este hecho que enarca nuestras cejas,
y ese silencio distante —que precede a la ruptura— un asunto
impostergable para él o ella. Y “es feo ser digno de castigo, pero poco
glorioso castigar[i]”;
por eso nadie quiere llevarse el blasón del desprecio, aunque al final muchas
veces los pensamientos allanen el pasado en busca de argumentos poco eficaces.
La libertad posterior debería ser un aliciente porque viene vestida de dolor y aprendizaje: “¿Cuándo salió mi Mr. Hyde y arruiné la fiesta?”; pero no quiero sonar a oropel de superación personal, sino puntualizar que un “Mejor ahí muere”, a tiempo, es más prudente que terminar en una tragicomedia de tres actos.
Julio Cortázar decía que la “amistad es un inmenso egoísmo: se tiene a un amigo mientras ese amigo refleja los mismos problemas que lo afectan a uno; mientras es una especie de espejo complaciente. Pero cuando ese amigo se aleja, recobra su individualidad, se torna verdaderamente otro; entonces, precisamente cuando la amistad debería cumplir todo su sentido, es cuando se derrumba, y se reduce a una fría relación que espanta y que, en suma, es mejor romper y terminar[ii]”.
Quién sabe, la amistad y el amor son palabras tan grandes que llevarlas a la práctica termina por agotarnos, pero la intención siempre allí está, dispuesta a seguir golpeando nuestra cabeza contra la pared, aunque el golpe no le quite el aroma irresistible del peligro.
La ‘aburridora’ debería celebrarse con una salida digna, y su poder justiciero tener el garbo del triunfo —convertido en derrota— ineludible.