sábado, 28 de enero de 2017

Conociendo el mundo de la fotografía callejera.

Mirar a través del visor de la cámara es como la hoja en blanco. Combates una realidad de movimientos bruscos, sujetos inesperados e iluminación agresiva.

Atacas, atacas y subyugas personas al encuadre. Incluso aprisionas a voluntad, casi hasta la asfixia.

Como entusiasta de la fotografía, admito que soy un adicto al disparador. Me descubro caminando en calles que desconozco buscando motivos para encuadrar la grieta de una pared. La silueta de un transeúnte con sombrero o el reflejo de un retrovisor.

Aprendo a mirar nuevamente. Con frecuencia vuelvo a los mismos lugares a distintas horas. Me inclino hacia la derecha y hacia la izquierda; pongo una rodilla en el suelo. 

Pierdo miedo al ridículo. 

Disparo y sigo caminando; me disculpo cuando debo. Y vuelvo a la calle. 

Hago gestos con mi ojo izquierdo que no cubre la cámara. 

En fin, soy ese aprendiz que observa a los profesionales en su campo de batalla.
Ese mono que intenta aprender y les pregunta hasta el hastío. El que se cansa y disgusta cuando mira el resultado en la pantalla.

Creo que hay una sed bélica en la búsqueda. 

Y estoy fascinado de estar sediento...



Tomé esta imagen al regresar a casa después de una caminata. Me agaché para descubrir que en la ventana de un taxi se iluminaba la mano de una persona. Decidí incluir la calle por el puro placer de ubicarla en un contexto; circunstancia que le resta fuerza a la fotografía. Como sea, es un intento más. 

FOTO: Ricardo González

viernes, 19 de febrero de 2016

Festivales de metal vs antiposers

El metal es un género que nació peleado consigo mismo. Tanto en su belleza inicial, situada en los acordes de Tony Iommi de Black Sabbath, como en su posterior desarrollo con múltiples ramificaciones, éste de forma curiosa tiende a mezclarse. A sacar lo mejor de sí a punta de experimentaciones deliciosas.

Al retomar el virtuosismo del clásico, el vibrato del blues y la improvisación del jazz, crea nuevas especies que luchan por renovarse a pesar de los detractores. Y me refiero también a desarrollo en términos de ideología. De hurgar en el ambiente social y exponer un descontento emocional, político o fúnebre. 

Si eres católico, la doctrina demoniaca del black te sonará infame; si eres crudivegano, las letras del death y el grind te parecerán absurdas; si eres panista las letras del grincore y el thrash quizá te suenen contestatarias, etcétera.

Pareciera que el género se fortalece entre más incisos musicales tenga que aportar al grueso de los fans. Pero no es así, lamentablemente. 


En el mundo de los smarthfones y la tiranía de las redes sociales, la campaña por ridiculizarse entre seguidores del metal llega a niveles irrisorios. 

Verbigracia: Si antepones el thrash del siglo XXI al death metal sueco ochentero, eres poser. Si prefieres el Sepultura posterior al Chaos A.D. en lugar del Morbid Visions y el Schizophrenia, doblemente poser. Si te gusta más el deathcore que el black noruego, combo-poser con estrellita en la frente.

El ingenio del metalero promedio llega a su culminación con el uso de los “memes”, donde la reducción al absurdo se traduce en un “tiro la piedra y escondo la mano”. En una danza gráfica que el ridiculizado no conoce y es juzgada por un juez ciego. 

Es el emparedamiento de quien no comparte mis gustos: una postura de supuestos expertos mofándose de supuestos advenedizos en un tema.

En México, la historia se vuelve más divertida cuando aparecen festivales multigéneros, como el Hell & Heaven. Evento musical de proporciones cada vez más grandes y que tomó dimensiones de cuasiactivismo social cuando fue cancelado por el nefasto Eruviel Ávila, gobernador del Estado de México, quien argumentó que éste no contaba con las suficientes “normas de seguridad” para garantizar el óptimo desarrollo de las actividades.

En realidad sólo se requería un espacio grande para instalar escenarios, baños, seguridad privada y mucho terreno para acampar y rodar de ebriedad o headbanging. El lugar ya estaba asegurado en Texcoco por las autoridades municipales, pero las estatales echaron abajo los permisos “por el bien común”. Pérdidas —según el staff del festival— de 150 millones de pesos. Lo curioso fue que semanas después en el sitio hubo una feria local que terminó en balazos y con saldo de dos muertos.

En fin, en marzo del 2014 todo era “el gobierno nos cuarta las libertades”, “discriminan lo que no conocen” y otras frases grandilocuentes. Ahora que el Hell ya es patrocinado por una marca cervecera y el cartel incluye bandas de todos los géneros, con una tendencia más hacia (sí, ese mamón anglicismo) mainstream, todos tiran pestes. Unos defienden las ediciones anteriores, a las que no fueron; otros festejan el tino de los organizadores por reunir un cartelazo digno de Europa.

Entonces, además de las riñas anecdóticas por cuál año fue mejor, súmenle a este festín las redes sociales con tropas “antiposers” descalificando bandas, como si de cacahuates habláramos. El panorama es ridículo y divertido.  Y admito,  con un poco de sonrojo quizá, que he pasado horas leyendo los comentarios del Facebook del Hell & Heaven cada vez que hacen un anuncio, y no paro de reír y también asquearme.

Las publicaciones parecen una guerrita de lodo por imponer preferencias personales y hacer frente común contra otros que, ni tardos ni perezosos, responden a las embestidas llevando los insultos al terreno no sólo de la música, sino de un odio que insulta como berrinche.

Leí por ahí a una chica diciendo “estúpidos metaleros, arruinaron el metal”. Y la frase surcó el aire, como piedra esperando a quien la alcance, feroz en su vuelo y caída. 

 Si “nuestra” música ya trae el estigma atrofiado de las autoridades tercermundistas, ¿por qué abonarle una campaña endémica de desprestigio? 

Cierto, muchos esperaban —y aquí me pongo la camiseta true 666— un cartel más diverso, pero quién ha ido a un festival y ha quedado contento en su totalidad. Los organizadores siempre apelan a todos los públicos, con la consigna única y válida para sus bolsillos: llenar. Y si desentierran bandas de nu-metal para la chaviza (que ahora tiene más de 30 años), el objetivo también es alentar la nostalgia y vender unos boletos más.

Ojalá esa fuerza, que nos unió cuando la política priista se interpuso en el camino, sea un recuerdo de que la brutalidad que expelen las guitarras distorsionadas y los blast beat es un odio constructivo, capaz de exigir más y mejores conciertos. Que esa etiqueta llamada “underground” no sea sinónimo de enemistad, sino de colaboración para ser inmunes a políticos rastreros y organizadores voraces.



Ricardo Martínez González
ricmaglez@gmail.com



miércoles, 9 de diciembre de 2015

Cannibal Corpse, tormenta sonora en concierto


Nos llegó la hora. Cannibal Corpse y Testament en concierto en el pabellón oeste del Palacio de los Deportes. Surcamos el territorio Xalapa-México en una camioneta algunos amigos para llegar a la cita. Botanas y algunas cervezas para el camino; lo suficiente y nada más.

Husmeamos un rato en la mercancía que venden afuera del auditorio y entramos al foro a las 7, ya con personas de pie y apretujadas en la parte cercana al escenario. Dispuesta a soportar embestidas, la gente no se movió ningún centímetro para resguardar su espacio.


Bastó una charla con amigos para quemar la hora restante. Pasamos revista a la discografía de Cannibal, los álbumes que más nos gustan, los cambios de alineación y la persistencia musical de la banda a pesar de los años.  Las diferencias irreconciliables de los fans por la etapa con Chris Barnes y la de “Corpsegrinder”. Todo en un buen tono mientras seguía llegando una oleada de metaler@s con playeras negras.


Puntuales, 8:05 minutos apareció Paul Mazurkiewicz a tomar su lugar tras la batería; Alex Webster tocó dos notas con su bajo; la barba de monje desaliñada de Rob Barret se hizo presente, mientras a la derecha (desde mi posición) se acomodaba la guitarra Pat  O´Brien. Imagen retocada con un manto de gritos, alaridos y señales de cuerno sobrevolando las cabezas.

George camina hacia el centro, se escuchan 4 compases con el contra y revienta el lugar con la semilenta “Scourge of Iron”,  luego “Demented Agression” y “Evisceration Plague”. No hay que explicar demasiado lo conocido. Cannibal Corpse es una banda que ha pisado escenarios en todo el globo, con demasiadas tablas para dejar al público descontento. Desde el arranque hasta el final sólo paran para secarse un poco el sudor 3 veces, saludar, bromear un poco y volver a la carga.

Literalmente te martillan los oídos con técnica y poder. El resto lo hace el público. Entre disfrutar, mover el cuello, cuidar que no se caigan mis lentes y quede a oscuras (¡maldita miopía!), me la pasé moviéndome de lado a lado, procurando no perder la posición frente al escenario.

“Stripped, Raped and Strangled” me recibió con la salpicadura de una cerveza que voló por los aires. Para “Sentenced to burn” mi frente y espalda estaban totalmente húmedas de sudor. Las nuevas rolas del A Skeletal Domain fueron bien recibidas y sonaron macizas, a pesar de unos detalles de audio en la guitarra de O´Brien.

El slam —esa bella fiesta taurina— dejó de ser para mí una opción, lo admito. Así que sólo disfruté viendo cómo la gente rebotaba de hombro en hombro, espalda con espalda, nalga con rodillas, chichi contra cabeza y etcéteras. Si alguien cae, afortunadamente, siempre es ayudado a levantar el vuelo y regresar al remolino de codazos y cabellos. Hay todavía honor entre caballeros y damas. O al menos es lo que dicen.

El momento cumbre llegó con “Unleashing the Bloodthirsty”, aunque un lapso especial fue cuando Corpsegrinder anunció con su voz limpia, pero rasposa como lija, the next song is about love… I cummm Bloood!!.



Para el cierre tocaron “Make the suffer”, “A skull full of maggots” y el clasiquísimo Hammer Smashed Face, que sonaron como debe ejecutarse el death metal: apabullante, preciso y sin concesiones.

De pilón nos regalaron un rolonón: Devoured by Vermin. Se hizo la oscuridad y todos nos quedamos con ansias de más y más.

Lo curioso es que tocaron 17 canciones en tan solo 1 hora, 15 minutos. Casi sin parar. Cierto, algunos salen molestos porque hay tanto material antiguo como nuevo que queda en el tintero. Pero —quejas aparte– salí satisfecho.

Cannibal Corpse hace honor a sus más de 25 años en la carretera sin aspavientos ni necesidad de parafernalia, como lucecitas extravagantes o explosiones. Ellos sólo llegan, cimbran el auditorio y hacen música directa, como puñetazos a una horda de zombis.
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Set List

1.- Scourge of Iron
2.- Demented Aggression
3.- Evisceration Plague
4.- Stripped, Raped and Strangled
5.- Disposal of the Body
6.- Sentenced to Burn
7.- Kill or Become
8.- Sadistic Embodiment
9.- Icepick Lobotomy
10.- The Wretched Spawn
11.- Dormant Bodies Bursting
12.- Unleashing the Bloodthirsty
13.- I Cum Blood
14.- Make Them Suffer
15.- A Skull Full of Maggots
16.- Hammer Smashed Face
17.- Devoured by Vermin
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                                                                                              Ricardo González “Warchief”

domingo, 29 de noviembre de 2015

Tocar black death metal en México, sin morir en el intento**

“Salta con la camisa en llamas
 de estrella en estrella,
de sombra en sombra.
Muere de muerte lejana
 la que ama al viento”.

 “Árbol de Diana”, Alejandra Pizarnik



Sobrevivir en una banda de metal en México es equilibrismo puro. Se divide el tiempo en ensayos, la vida laboral, la fiesta inoportuna y la pareja conyugal, si se tiene. Uno esquiva compromisos para organizar la agenda de conciertos con una precisión milimétrica que impresionaría a cualquier cirujano estético, sin mencionar los desvelos posteriores a cada evento en el trabajo, dignos del autocontrol de un velador escolar.
  Te pierdes juergas, ciclos de cine, tardes frente al televisor y cenas familiares sin chistar al elegir este camino, porque sabes que en la carretera recargas las baterías y celebras como mono en celo.
Hablo de agrupaciones que dan el salto a las grabaciones y a las giras, aunque sean en tu estado, ciudad o país. Con interés por desarrollarse musicalmente y a exponerse a las críticas feroces de los metalheads. Destructivas o constructivas las reseñas dan lo mismo, siempre y cuando tomes cada adjetivo con la mente fría.

  Mi banda se llama Alfa Eridano Akhernar. Surgió en 1999 en Xalapa; grabó dos demos, un split, y 4 full-lenght llamados “The Magnificent Rebirth of a Mighty Old Empire” (2004); Aberrant Hate Icon (2007), The Myth (2010) y el “Aztec War Metal” (2014).

  No somos una banda satanista, ya que preferimos usar la mitología e historia prehispánica para complementar la música, sin restarle importancia a ningún engranaje en la composición. Además no usamos plumas, no matamos pollos ni nos trepamos al escenario con taparrabos, como pensaría cierta gente. Y ya nos sabemos todas las bromas al respecto, gracias. No, sólo tocamos metal como nos viene en gana.

  Entré al “Alfa” en el 2006 y desde entonces he grabado 3 discos bajo el mote “Warchief”. Ahora vamos hacia el cuarto álbum si nada se interpone, pese a las dificultades temporales y económicas.
En estos años nos ha pasado de todo. Y me refiero a pasarla bien a manos llenas en una playa de Acapulco después de tocar, hasta encerrarnos horas en un cuarto estrecho para ensayar, sudorosos y molestos, hasta que sale una canción que quizá ni termine por cuajar del todo.

Desde cooperar para llegar a un evento hasta dar un concierto con amplificadores pequeños en un bar donde matan gratis; incluso dormir en terminales de autobuses, incidentes carreteros, vómito, más vómito —mucho vómito—. Desencantos y ligues, vecinos quejosos y fiestas por el puro placer del absurdo.

  Cuerdas rotas ante un público difícil; que no suena el teclado o la voz; la batería es un adefesio. Olvidar ropa en hoteles, conocer amigos entrañables y también gente nefasta. Compartir escenario con bandas que admiras; discutir con ingenieros de audio y escuchar ruidos de interferencia mientras tocas.

 Desayunar con familias impecables (padres del organizador del evento) mientras tú llegas a la mesa con resaca y un chaleco con parches y botas. Ser bendecido por señoras (“diosito te bendiga, mijito”); miradas curiosas de la gente.

 Firmar autógrafos, desconocidos que quieren tocar tu cabello largo, intercambiar anécdotas de conciertos de antaño, reconstruir borracheras de las cuales no recuerdas nada (afortunadamente); comprar alcohol a altas horas de la noche en ciudades desconocidas.

  Y música, mucha música. Charlar sobre cuál fue el mejor álbum de Sodom, dónde sonó mejor la batería de Slayer; el bajo de Death en el “Human”; la guitarra de Azagthoth en “Altars of Madness”; el mejor estribillo de Bathory o Emperor. El productor que mezcló y masterizó a Absu en el “Tara”. La fuerza, el mensaje de tal letra o discutir sobre el arte de los discos.
En fin, una tropa de ñoños arrancándose argumentos del hocico hasta que se acaba la noche y comienzas a ver esos primeros rayos del amanecer…

II

Vivir exclusivamente de tocar black, thrash, death en México aún parece lejano. Sobre todo cuando te topas con mánagers que no quieren pagar ni los viáticos mínimos, como hospedaje y alimentación. Con músicos que aceptan las condiciones y fomentan el círculo de “pagar por tocar”.

 Además, radicar en una ciudad con “ambiente cultural”, pero repleta de foros para tocar jazz, bossa, rock, reggae, electro y trova, con un mínimo porcentaje de espacios para armar una tocada de metal, desanima un poco a veces. Y no es llanto de plañidera, porque a mí me fascina el jazz que suena en la “Atenas Veracruzana”; las tardes de café, el olor a tierra mojada cuando cae la neblina, y una charla de por medio mientras vemos pasar la nada.



  Y aquí estamos, con más de treinta años, el cabello corto y un hígado resentido, envueltos en una playera negra estampada de “Exhumed”, recordando a los padres cuando te decían a los 13 años: “De adulto vas a usar camisa de cuadros y olvidarás ese ruidero que escuchas”.
También te rondan preguntas como: ¿Seguiré tocando metal en México? ¿Es por amor al arte?

  ¿Continuarás arriesgándote con cada álbum nuevo? A todo cuestionamiento me retumba un “¡Sí!”.
Un sonoro “sí” que no hiede a “activismo” musical de ceja alzada, que busca imponer un estilo. Al final cada quien elige sus placeres. Si eres metalero, no despiertas de pronto un domingo y deja de gustarte el género. El chiste es ir sorteando los riesgos de caer, mirando hacia abajo, a los lados, con brincos y danzando en la cuerda floja o tensa.
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** Publicado en www.cosasolvidadas.com

miércoles, 7 de octubre de 2015

Puñeta mental sobre futbol



Hace unos días tuve un sueño futbolero. De ésos donde Oliver Atom era mi delantero; Roberto Carlos, la defensa derecha; Dunga, el central; Robin Van Persie me orquestaba la delantera, y yo —en la media— hacía magia para deleite de las multitudes.

En el momento más álgido del duelo —me cometían falta e iba a cobrar un penal— sonó mi celular y un motor de vocho ladró con furia en el vecindario. Cerca, cerquísima, estuve de la gloria, el levantamiento en hombros y la algarabía mundialista.

Oliver Atom.
Lo curioso es que sé muy poco del arte de las canchas. No me arrellano frente al televisor a ver partidos (¡duran 90 preciosos minutos!), porque la psicosis por hacer otra cosa     —igual de inútil— me guía hacia otros lugares.

Pensé: quizá sólo sea esa añoranza de la niñez que llega con los treinta, donde la reunión posterior a la cascarita callejera era un duelo de anécdotas sobre quién había jugado mejor.
O quizá la curiosidad por imaginar un universo paralelo que dibujara el despertar en una familia pambolera, con padres gritándote —desde el público— en la cancha local: “¡vamos, vamos, hijo, desmárcate!”.

Carlos Bledorn "Dunga"
O el desencanto de alguna derrota adolescente —no superada— en un campo lleno de charcos, con el short desgarrado por una barrida en el área chica que evitara el gol del triunfo contrario.

Mientras descubro si es aquello o lo otro, seguiré intentando regresar a ese sueño, nomás por el puro placer chingativo de ser mexicano y —ahora sí— ganar un partido importante en penaltis.






Ricardo Martínez González.

sábado, 24 de enero de 2015

Arándano

Ella odia el frío tanto como yo le amo. Arándano seco que estalla en sabores cuando su lengua sobrevuela. Una conversación entrecortada frente a su puerta y un jueves, tan de noche, que se resiste a ser juego.

A hurtadillas regreso a esa duna de respuestas distraídas. Y no intento remediar nuestros últimos escapes, sino emborronar posibilidades de día.

Hay dos macetas en su balcón. Una menta que no termina por crecer. Una silla fría aguarda mejores tiempos.


Y, aunque no lo parezca, vuelvo a mirarte —de espaldas— mientras escribes tu última nota, apresurada.

martes, 9 de diciembre de 2014

Árbol.

Un árbol que nunca dio frutos se sueña ‘diente de león’, tras el soplo de una boca. Le veo eludir otros vuelos más discretos, como el de las hojas que caen, mientras intuye mover su cintura a la derecha en franca maniobra a la deriva.

Es una apuesta silenciosa.


Fruta tibia para inundarme en mordiscos sordos.