Atacas, atacas y subyugas personas al encuadre. Incluso aprisionas a voluntad, casi hasta la asfixia.
Como entusiasta de la fotografía, admito que soy un adicto al disparador. Me descubro caminando en calles que desconozco buscando motivos para encuadrar la grieta de una pared. La silueta de un transeúnte con sombrero o el reflejo de un retrovisor.
Aprendo a mirar nuevamente. Con frecuencia vuelvo a los mismos lugares a distintas horas. Me inclino hacia la derecha y hacia la izquierda; pongo una rodilla en el suelo.
Pierdo miedo al ridículo.
Disparo y sigo caminando; me disculpo cuando debo. Y vuelvo a la calle.
Hago gestos con mi ojo izquierdo que no cubre la cámara.
En fin, soy ese aprendiz que observa a los profesionales en su campo de batalla.
Ese mono que intenta aprender y les pregunta hasta el hastío. El que se cansa y disgusta cuando mira el resultado en la pantalla.
Creo que hay una sed bélica en la búsqueda.
Y estoy fascinado de estar sediento...
FOTO: Ricardo González

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