jueves, 7 de noviembre de 2013
Omnívoro de clóset
A Ometéotl
A veces creo que tengo alma de
vegano o vegetariano. No por voluntad ascética o fidelidad bondadosa hacia mi
cuerpo, sino por prioridades de empedernido y crisis económica. Esa crisis que
te hace decidir entre comer algo sano más barato o algo un poco más caro con alto
valor calórico. Verbigracia: ¿Empacar tacos al pastor o engullir una pasta con
vegetales?
Con frecuencia rehúyo a las
comilonas o a la juerga intensa, pero cuando me reencuentro con mi monstruo
interno suelo darme unos agasajos dantescos en detrimento de mi estómago e
hígado.
No me siento orgulloso de eso, pero
tampoco deja de afectarme más allá de unos minutos de superflua reflexión.
Quizá llegar a los 30 me ha
enseñado a ser más tolerante de lo habitual. A controlar el movimiento de mi
ceño ante el circo humano de la sociedad que me rodea, y de la que formo parte
como mamífero con correa.
También creo que mi constante huida
del círculo bohemio —donde me desenvolvía con naturalidad— me convierte en un
reivindicado temporal. Pero no quiero comportarme ni ser como un predicador
rehabilitado en busca de la salvación del prójimo.
Preferiría meter mi cabeza en un
hoyo antes que intentar una pirueta discursiva sobre lo bueno y lo malo de
consumir muchas toxinas, comidas grasosas, alcoholes, fermentados de tepache,
pulque y etcéteras.
Por ello siento —a veces— que conversar
con ciertos chic@s parece más un duelo de caminar de puntitas, como danzarina
con kilos de más, que una simple conversación amena, cuando se tocan los
hábitos alimenticios y la rutina diaria.
Porque parece que el canon ha
cambiado hacia el “ya no importa que tengas unos gramos extra”, si eres un
consumidor asiduo de productos orgánicos de tu huerto o un ser de luz que hace
yoga en las mañanas.
Ahora se estila purificar el
cuerpo, no importando que el fin de semana nos aventemos unos “caballitos” de
tequila —a trote de Clint Eastwood— en una barra del bar favorito.
Yo soy un inútil para seguir
regímenes alimenticios. Me resultan indescifrables como los ejercicios
algebraicos de la preparatoria o la universidad.
Y aunque practico deporte y tengo
unas mancuernas empolvadas bajo el librero, no lo realizo con la frecuencia de
un atleta de alto rendimiento, pero sí como un futbolista con panza que da los
toques exactos a los delanteros; o como el bohemio que después de unos
alcoholes todavía puede servir las cubas con hielo y agua mineral: “pintadita nomás”.
Por eso creo que deberíamos ser más
conscientes sobre los gustos del otro, y no sonar como predicadores promulgando
la palabra del Señor al sentarnos a deglutir los sagrados alimentos: ¿Cárnico o
no cárnico?, ¿vegetales, cereales o lácteos?
Siempre me fascina repetir que aplico
la máxima de Guillermo Fadanelli cuando se le pregunta sobre su afición a hacer
ejercicio: “Me gusta estar en condiciones y tener algo qué destruir, si no es
muy sencillo ser un borracho que se cae a las primeras de cambio”.
En consecuencia, prefiero ser un
mundano que disfruta todas las delicias comestibles que abundan en las
taquerías de la esquina —con su respectiva salsa verde, picosa como el aliento
de Satán—, acompañándolas con unos pepinos frescos y verdes, recién saliditos
del huerto.
Entonces… si de algo moriré, no
quiero que digan con desdén: “Murió con antojo”.
jueves, 31 de octubre de 2013
A mi ma´Juana, ma´Juanita
Hoy soñé con mi abuela.
Son las 4:56 am y no puedo conciliar algunas ideas porque me rebotan en la
cabeza cientos de imágenes de infancia y adolescencia. Es frustrante cómo
vienen las imágenes después de un prolongado insomnio y un sueño corto; sientes golpear los recuerdos con una voracidad emocional pero plagada de vacíos.
Ella era una mujer con
un vigoroso sentido del humor; presta a regañar cuando era necesario y amorosa
hasta el hartazgo con sus nietos.
Recuerdo a un niño de cuatro a seis años que acostumbraba acostarse a su
lado en un sofá, mientras platicaba con sus padres o las visitas del día.
Siempre fui ese metiche y zalamero auténtico, pero no lo hacía por recompensa,
en verdad me gustaba sentir su calor.
En las fiestas de fin de
año, yo era aquel monigote que rebotaba en las nalgas de los mayores mientras
resonaban canciones de cumbia, y observaba emocionado a esa Pachamama bailar
con sus hijas y yernos. El olor a comida abundante y bullicio familiar. El olor
a pólvora cuando quemaban el “viejo” de fin de año. La silueta de un
matriarcado forjado a base de enseñanza.
Mujer de la tierra
sobrellevando una familia fragmentada y criando generaciones distintas de
nietos. Nadie fue más madre en mi vida. Ahora han pasado 43 días desde su
muerte y me taladra en la cabeza la pregunta: ¿por qué no lloré en su funeral? ¿Por
qué no estallé en una lluvia catártica y cerrada como la que ese día cayó en el
camino al cementerio? Era el escenario perfecto: una procesión sigilosa en un
marco de nubarrones.
La soñé en su sala
sentada, rebosante en cuerpo, sólida y bromeando; era la escena de la última
vez que la vi —tres días antes de morir—, pero no estaba delgada o carcomida
por ese cáncer insensato que corroe y diluye los cuerpos.
Contaba historias y
reía, aunque en el fondo los dos sabíamos que el final estaba cerca, pero yo
pensaba que debía decirle lo mucho que la quise y agradecerle lo perfecta y
divertida que fue mi infancia a su lado. Incluso en este despertar onírico,
sentía un nudo en la garganta y la invité a salir a la entrada de la casa,
donde había un aire frío y fresco que a ella le pareció agradable —aunque
cualquier airecillo en vida le parecía una tempestad siberiana—.
Lo peor del sueño es que
no resolví el discurso final o tengo recuerdos vagos; fue peor que una
declaración de amor porque ella no paraba de hablar felizmente, como siempre lo
hacíamos, y yo no sabía por dónde empezar…
Ahora resulta curioso
que hace sólo un día comentaba unas líneas de Rojas con un gran amigo. Unos
versos que me aplastaron con peso de evidencia:
*“Me hablan del Dios o
me hablan de la Historia. Me río
de ir a buscar tan lejos
la explicación del hambre
que me devora, el hambre
de vivir como el sol
en la gracia del aire,
eternamente”.
Y aunque sólo fue un
sueño, no quiero darle esa connotación romántica de los ilusos, pero me sirve
para recordar el último día que la vi:
Había algo de luz triste
en ese último abrazo cálido. Me dijo con voz entrecortada por el llanto: “Los
quiero mucho hijos, siempre los he querido. Salúdame a tu hermano”, mientras yo
intentaba en vano consolarla con su próxima recuperación.
En realidad ella sabía
que pronto sucumbiría y nosotros sólo éramos los girasoles que veían su
partida.
*Gonzalo Rojas (2012). Contra
la Muerte. Íntegra, obra poética completa, 155-156. México, DF: Fondo de
Cultura Económica.
jueves, 15 de agosto de 2013
Navío
Me consta
tu cuerpo
en
estribillos de oleaje
afanándose
en la roca.
Llovizna
breve y volcánica
como un
golpe de voz
en la arena
tantas veces reescrita
en un
quebranto.
Y tu
espalda,
asfixia
de costa
a costa,
duerme una calma de navío en siete
notas de satélite.
jueves, 8 de agosto de 2013
El amigo lindo
Hablar sobre la convivencia masculina frente a la mujer y
viceversa es un reto para los puristas de la sicología. Sin embargo, Serna en
su artículo “La amistad femenina”* dilucida varias vertientes de ese eterno
dolor de cabeza de los hombres tímidos y los de sombrero de charro con tequila
en mano.
Para empezar, ¿es necesaria la amistad femenina?
Por supuesto. Y no hay mejor consejera. Los casos más
difíciles que he intentado descifrar ante ellas, han sido resueltos de un solo
plumazo por la mirada y el juicio acertado —a veces maquiavélico— de una amiga.
Coincido, quien no conoce la amistad femenina se expone a
una orfandad terrible: “la de los chingones invulnerables que pueden ser quizá
exitosos donjuanes, pero jamás conocen el lado suave y luminoso del universo”.
No obstante, este beneficio suele ser una desventaja infame ante el ya
malherido orgullo de un imberbe don Juan. Las mujeres buscan también la
confianza en el hombre y la ligereza en el trato: reír a pierna suelta sin
necesidad de husmear a cada momento en los secretos más recónditos del quehacer
humano.
De este modo, cuando llega el “momento serio” las personas
quizá nos encontramos un poco más desarmados anímicamente, y necesitamos
sonreír ante las diversas posibilidades emocionales que nos deparan un consejo
o una bula papal en labios de una amiga confidente. Pero no es a este resquicio
de la convivencia al que quiero aludir, sino al lado retorcido y poco
remunerado del asunto. A los pocos dividendos.
¿Qué pasa cuando los descalabros amorosos se traducen en una
constante renuncia provocada por la amistad? La línea entre la amistad y el
amor es muy delgada y muy “lugar común”. Pero cuando las mujeres cierran ese
espacio y sólo te buscan como el “amigo lindo que escucha”, la situación suele
tornarse insufrible.
Porque ser hombre también representa un reto, como traer un
corsé apretado con fuerza de asfixia. Las mujeres que nos gustan nos evalúan
desde el primer vistazo en cuanto a ‘sensibilidad’ y —dependiendo el grado de
afinidad y contradicciones— emiten un juicio severo que cuesta innumerables
charlas derribar.
Pero cuando esta compañía se traduce en una amistad
irrefrenable, es peor que una gangrena en estado terminal. Mutila toda
esperanza y cierra el camino a cualquier antibiótico de alto alcance. Eres el
amigo y no hay vuelta de hoja.
No quiero fatalizar el asunto. Tengo amigas que no cambiaría
jamás porque me volaría los sesos escuchar siempre la charla masculina. Pero
convertirte en un consejero femenino habitual domestica el lado orangután que
no quiero perder. Y no lo escribí mal: A mí me agrada ser un cavernícola con
frecuencia. Aunque a veces –lo admito- me confundo en una mezcla de pose y
hábitos.
Y viene a mi mente Rosario Castellanos: “El hombre es animal
de soledades/ ciervo con una flecha en el ijar/
que huye y se desangra” […] “El ciervo va a beber /y en el
agua aparece/ el reflejo de un tigre”.
Escuchar a las mujeres en cualquier circunstancia siempre es
saludable, mejor cuando tienes la mente tibia por una relación “estable” —si
tal cosa existe—, pero este acercamiento no debe convertirse en un simple
ritual de esgrima, donde necesitemos sacar provecho del otro. Hay tiempo para
todo.
El hombre siempre tiene las de perder por ser demasiado
obvio —a los ojos de las mujeres—. Prefiero una retroalimentación mutua de
sinsentidos, esperanzas y silencios: no sólo un revanchismo donjuanesco.
PD. Ya si la atracción fluye a pedir de boca. Amiga o
enemiga: sin dolor, ¿no?
*
http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/La+amistad+femenina-1440
Castellanos, Rosarios (1995). Destino. Poesía no eres tú,
obra poética 1948-1971, 171. México, DF: Fondo de Cultura Económica.
lunes, 5 de agosto de 2013
...
Necesito cegarme
y darte la
razón algunas veces.
Dibujarte
íntegra en una tierra
confesa
bajo tu lengua
oceánica:
precipicio
de palabras
que caen
como rocas
en dunas
de silencios.
Necesito vivir
como la
lluvia y precipitarme
en
curiosas caminatas.
Arroparte,
recolectar
tu voz,
huir —ahora
que puedo—,
tirar del
cerrojo
delirante de polen y palabras.
jueves, 25 de julio de 2013
...
Me gusta
que olvides con
facilidad
de colibrí
mi boca
cuando te encuentro.
Que
empieces de cero
cada
movimiento de
latido,
en una
sonrisa contenida
y sin
aparente trazo:
—Apresúrate...
Me gusta
tu orilla
en un vuelo de largo aliento,
esquirla de mujer
libre bajo la sombra de un árbol.
sábado, 20 de julio de 2013
¿Por qué ver Pacific Rim?
Hay películas que me gustan por su trama, guiños con otros
filmes, por algún personaje o porque tienen buenos ‘gadgets’. Algunas por una u otra razón fetichista entran
a mi categoría de culto. Si bien no coincido con todas las listas que se hacen sobre el mejor cine, sí coincido
en algunas, pero no dejo que una simple enumeración le quite crédito a otras.
Después de esperar meses por Pacific Rim, la cinta no me
decepcionó en ningún momento. Uno de los hijos favoritos de México en el cine
hollywoodense lo volvió a hacer. Guillermo del Toro nos regresó a la infancia y
la adolescencia.
¡Así se hace una
buena película palomera! , con ese olor a pólvora de los petardos cuando eras
niño: Te explotan y te sacuden la infancia con cada enfrentamiento y giro de
cámara. Sientes cómo la acción y el drama apocalíptico evocan los capítulos de
las series animadas que veías recostado en tu sofá, pero en una película de ¡120
minutos!
Sí, aceptémoslo, no es la historia innovadora de ciencia
ficción que el cine esperaba. Los Kaijus (monstruos a lo Godzilla) provenientes
del océano invaden la tierra y la humanidad se encuentra un dilema: Luchar o
la extinción. Los Jaegers, fusión hombre-robot, se enfrentan a estos seres para
regresar la paz mundial. ¿Algo nuevo suena? Pues, no, pero es directa,
divertida y visualmente aplastante.
Estos robots sí huelen a óxido y cables de bronce; no son unos
Transformers encerados por una chica en pantalones cortos que aparece en cada
secuencia bien maquillada. No es Godzilla,
Evangelion ni Mazinger-Z, es un collage de influencias y tributos en el filtro retorcido y cinéfilo de Del Toro.
Si bien la música es algo repetitiva, la colaboración de Tom
Morello con esos riffs pegajosos de guitarra —acompañado con esas percusiones, cuerdas y metales— le da un ritmo trepidante y
de suspenso a toda la película. Escuchas ese estribillo de banda sonora y
dices: “¡Ahí viene otro puñetazo de hierro contra reptil y viceversa!”.
Recuerdo películas de este corte y me viene a la mente
“Tiburón” de Spielberg: Palomera, banda
sonora efectiva y realizada con mucho feeling. No hay más, si necesitas un buen
rato agradable y pegado a la butaca sin reacomodos de nalga, Pacific Rim es la
opción.
Nota: Es curioso que el Jaeger estadounidense sea conducido
por un gringo y una japonesa, cuando se ha mencionado muchas veces que el país
del Sol Naciente usa la mitología de Godzilla como un ser que evoca los ataques
atómicos de la Segunda Guerra Mundial.
Limando asperezas,
supongo.
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