lunes, 18 de noviembre de 2013


Mi boca es lluvia
en la corteza de un árbol,
tibio pulso
en caída breve,
sal que emana
de tu vientre.

Una luz
bajo tu espalda lunar:
Y eres latido,
cauce y fruto
a resguardo de tu sombra
.







jueves, 7 de noviembre de 2013

Omnívoro de clóset


                                                                                                                             A Ometéotl

A veces creo que tengo alma de vegano o vegetariano. No por voluntad ascética o fidelidad bondadosa hacia mi cuerpo, sino por prioridades de empedernido y crisis económica. Esa crisis que te hace decidir entre comer algo sano más barato o algo un poco más caro con alto valor calórico. Verbigracia: ¿Empacar tacos al pastor o engullir una pasta con vegetales?

Con frecuencia rehúyo a las comilonas o a la juerga intensa, pero cuando me reencuentro con mi monstruo interno suelo darme unos agasajos dantescos en detrimento de mi estómago e hígado.

No me siento orgulloso de eso, pero tampoco deja de afectarme más allá de unos minutos de superflua reflexión.

Quizá llegar a los 30 me ha enseñado a ser más tolerante de lo habitual. A controlar el movimiento de mi ceño ante el circo humano de la sociedad que me rodea, y de la que formo parte como mamífero con correa.

También creo que mi constante huida del círculo bohemio —donde me desenvolvía con naturalidad— me convierte en un reivindicado temporal. Pero no quiero comportarme ni ser como un predicador rehabilitado en busca de la salvación del prójimo.

Preferiría meter mi cabeza en un hoyo antes que intentar una pirueta discursiva sobre lo bueno y lo malo de consumir muchas toxinas, comidas grasosas, alcoholes, fermentados de tepache, pulque y etcéteras.

Por ello siento —a veces— que conversar con ciertos chic@s parece más un duelo de caminar de puntitas, como danzarina con kilos de más, que una simple conversación amena, cuando se tocan los hábitos alimenticios y la rutina diaria.

Porque parece que el canon ha cambiado hacia el “ya no importa que tengas unos gramos extra”, si eres un consumidor asiduo de productos orgánicos de tu huerto o un ser de luz que hace yoga en las mañanas.

Ahora se estila purificar el cuerpo, no importando que el fin de semana nos aventemos unos “caballitos” de tequila —a trote de Clint Eastwood— en una barra del bar favorito.

Yo soy un inútil para seguir regímenes alimenticios. Me resultan indescifrables como los ejercicios algebraicos de la preparatoria o la universidad.

Y aunque practico deporte y tengo unas mancuernas empolvadas bajo el librero, no lo realizo con la frecuencia de un atleta de alto rendimiento, pero sí como un futbolista con panza que da los toques exactos a los delanteros; o como el bohemio que después de unos alcoholes todavía puede servir las cubas con hielo y agua mineral: “pintadita nomás”.

Por eso creo que deberíamos ser más conscientes sobre los gustos del otro, y no sonar como predicadores promulgando la palabra del Señor al sentarnos a deglutir los sagrados alimentos: ¿Cárnico o no cárnico?, ¿vegetales, cereales o lácteos?

Siempre me fascina repetir que aplico la máxima de Guillermo Fadanelli cuando se le pregunta sobre su afición a hacer ejercicio: “Me gusta estar en condiciones y tener algo qué destruir, si no es muy sencillo ser un borracho que se cae a las primeras de cambio”.

En consecuencia, prefiero ser un mundano que disfruta todas las delicias comestibles que abundan en las taquerías de la esquina —con su respectiva salsa verde, picosa como el aliento de Satán—, acompañándolas con unos pepinos frescos y verdes, recién saliditos del huerto.



Entonces… si de algo moriré, no quiero que digan con desdén: “Murió con antojo”.

jueves, 31 de octubre de 2013

A mi ma´Juana, ma´Juanita

Hoy soñé con mi abuela. Son las 4:56 am y no puedo conciliar algunas ideas porque me rebotan en la cabeza cientos de imágenes de infancia y adolescencia. Es frustrante cómo vienen las imágenes después de un prolongado insomnio y un sueño corto; sientes golpear los recuerdos con una voracidad emocional pero plagada de vacíos.

Ella era una mujer con un vigoroso sentido del humor; presta a regañar cuando era necesario y amorosa hasta el hartazgo con sus nietos.  Recuerdo a un niño de cuatro a seis años que acostumbraba acostarse a su lado en un sofá, mientras platicaba con sus padres o las visitas del día. Siempre fui ese metiche y zalamero auténtico, pero no lo hacía por recompensa, en verdad me gustaba sentir su calor.

En las fiestas de fin de año, yo era aquel monigote que rebotaba en las nalgas de los mayores mientras resonaban canciones de cumbia, y observaba emocionado a esa Pachamama bailar con sus hijas y yernos. El olor a comida abundante y bullicio familiar. El olor a pólvora cuando quemaban el “viejo” de fin de año. La silueta de un matriarcado forjado a base de enseñanza.

Mujer de la tierra sobrellevando una familia fragmentada y criando generaciones distintas de nietos. Nadie fue más madre en mi vida. Ahora han pasado 43 días desde su muerte y me taladra en la cabeza la pregunta: ¿por qué no lloré en su funeral? ¿Por qué no estallé en una lluvia catártica y cerrada como la que ese día cayó en el camino al cementerio? Era el escenario perfecto: una procesión sigilosa en un marco de nubarrones.

La soñé en su sala sentada, rebosante en cuerpo, sólida y bromeando; era la escena de la última vez que la vi —tres días antes de morir—, pero no estaba delgada o carcomida por ese cáncer insensato que corroe y diluye los cuerpos.

Contaba historias y reía, aunque en el fondo los dos sabíamos que el final estaba cerca, pero yo pensaba que debía decirle lo mucho que la quise y agradecerle lo perfecta y divertida que fue mi infancia a su lado. Incluso en este despertar onírico, sentía un nudo en la garganta y la invité a salir a la entrada de la casa, donde había un aire frío y fresco que a ella le pareció agradable —aunque cualquier airecillo en vida le parecía una tempestad siberiana—.

Lo peor del sueño es que no resolví el discurso final o tengo recuerdos vagos; fue peor que una declaración de amor porque ella no paraba de hablar felizmente, como siempre lo hacíamos, y yo no sabía por dónde empezar…
Ahora resulta curioso que hace sólo un día comentaba unas líneas de Rojas con un gran amigo. Unos versos que me aplastaron con peso de evidencia:

*“Me hablan del Dios o me hablan de la Historia. Me río
de ir a buscar tan lejos la explicación del hambre
que me devora, el hambre de vivir como el sol
en la gracia del aire, eternamente”.

Y aunque sólo fue un sueño, no quiero darle esa connotación romántica de los ilusos, pero me sirve para recordar el último día que la vi:

Había algo de luz triste en ese último abrazo cálido. Me dijo con voz entrecortada por el llanto: “Los quiero mucho hijos, siempre los he querido. Salúdame a tu hermano”, mientras yo intentaba en vano consolarla con su próxima recuperación.


En realidad ella sabía que pronto sucumbiría y nosotros sólo éramos los girasoles que veían su partida.




*Gonzalo Rojas (2012). Contra la Muerte. Íntegra, obra poética completa, 155-156. México, DF: Fondo de Cultura Económica.

jueves, 15 de agosto de 2013

Navío

Me consta
tu cuerpo
en estribillos de oleaje
afanándose en la roca.

Llovizna breve y volcánica
como un golpe de voz
   en la arena
   tantas veces reescrita
en un quebranto.

Y tu espalda,
asfixia de costa
a costa, duerme una calma de navío                   en siete notas de satélite.

jueves, 8 de agosto de 2013

El amigo lindo


Hablar sobre la convivencia masculina frente a la mujer y viceversa es un reto para los puristas de la sicología. Sin embargo, Serna en su artículo “La amistad femenina”* dilucida varias vertientes de ese eterno dolor de cabeza de los hombres tímidos y los de sombrero de charro con tequila en mano.

Para empezar, ¿es necesaria la amistad femenina?

Por supuesto. Y no hay mejor consejera. Los casos más difíciles que he intentado descifrar ante ellas, han sido resueltos de un solo plumazo por la mirada y el juicio acertado —a veces maquiavélico— de una amiga.

Coincido, quien no conoce la amistad femenina se expone a una orfandad terrible: “la de los chingones invulnerables que pueden ser quizá exitosos donjuanes, pero jamás conocen el lado suave y luminoso del universo”. No obstante, este beneficio suele ser una desventaja infame ante el ya malherido orgullo de un imberbe don Juan. Las mujeres buscan también la confianza en el hombre y la ligereza en el trato: reír a pierna suelta sin necesidad de husmear a cada momento en los secretos más recónditos del quehacer humano.

De este modo, cuando llega el “momento serio” las personas quizá nos encontramos un poco más desarmados anímicamente, y necesitamos sonreír ante las diversas posibilidades emocionales que nos deparan un consejo o una bula papal en labios de una amiga confidente. Pero no es a este resquicio de la convivencia al que quiero aludir, sino al lado retorcido y poco remunerado del asunto. A los pocos dividendos.

¿Qué pasa cuando los descalabros amorosos se traducen en una constante renuncia provocada por la amistad? La línea entre la amistad y el amor es muy delgada y muy “lugar común”. Pero cuando las mujeres cierran ese espacio y sólo te buscan como el “amigo lindo que escucha”, la situación suele tornarse insufrible.

Porque ser hombre también representa un reto, como traer un corsé apretado con fuerza de asfixia. Las mujeres que nos gustan nos evalúan desde el primer vistazo en cuanto a ‘sensibilidad’ y —dependiendo el grado de afinidad y contradicciones— emiten un juicio severo que cuesta innumerables charlas derribar.

Pero cuando esta compañía se traduce en una amistad irrefrenable, es peor que una gangrena en estado terminal. Mutila toda esperanza y cierra el camino a cualquier antibiótico de alto alcance. Eres el amigo y no hay vuelta de hoja.

No quiero fatalizar el asunto. Tengo amigas que no cambiaría jamás porque me volaría los sesos escuchar siempre la charla masculina. Pero convertirte en un consejero femenino habitual domestica el lado orangután que no quiero perder. Y no lo escribí mal: A mí me agrada ser un cavernícola con frecuencia. Aunque a veces –lo admito- me confundo en una mezcla de pose y hábitos.

Y viene a mi mente Rosario Castellanos: “El hombre es animal de soledades/ ciervo con una flecha en el ijar/
que huye y se desangra” […] “El ciervo va a beber /y en el agua aparece/ el reflejo de un tigre”.

Escuchar a las mujeres en cualquier circunstancia siempre es saludable, mejor cuando tienes la mente tibia por una relación “estable” —si tal cosa existe—, pero este acercamiento no debe convertirse en un simple ritual de esgrima, donde necesitemos sacar provecho del otro. Hay tiempo para todo.

El hombre siempre tiene las de perder por ser demasiado obvio —a los ojos de las mujeres—. Prefiero una retroalimentación mutua de sinsentidos, esperanzas y silencios: no sólo un revanchismo donjuanesco.


PD. Ya si la atracción fluye a pedir de boca. Amiga o enemiga: sin dolor, ¿no?


* http://www.domingoeluniversal.mx/columnas/detalle/La+amistad+femenina-1440

Castellanos, Rosarios (1995). Destino. Poesía no eres tú, obra poética 1948-1971, 171. México, DF: Fondo de Cultura Económica.

lunes, 5 de agosto de 2013

...

Necesito cegarme
y darte la razón algunas veces.
Dibujarte íntegra en una tierra
confesa bajo tu lengua
oceánica:
precipicio de palabras
que caen como rocas
en dunas de silencios.

Necesito vivir
como la lluvia y precipitarme
en curiosas caminatas.
Arroparte,
recolectar tu voz,
huir —ahora que puedo—,
tirar del cerrojo
delirante de polen y palabras.




jueves, 25 de julio de 2013

...




Me gusta que olvides con
facilidad de colibrí
mi boca cuando te encuentro.

Que empieces de cero
cada movimiento de
latido,
en una sonrisa contenida
y sin aparente trazo:
—Apresúrate...

Me gusta tu orilla
 en un vuelo de largo aliento,
 esquirla de mujer
 libre bajo la sombra de un árbol.





sábado, 20 de julio de 2013

¿Por qué ver Pacific Rim?

Hay películas que me gustan por su trama, guiños con otros filmes, por algún personaje o porque tienen buenos ‘gadgets’.  Algunas por una u otra razón fetichista entran a mi categoría de culto. Si bien no coincido con todas las listas  que se hacen sobre el mejor cine, sí coincido en algunas, pero no dejo que una simple enumeración le quite crédito a otras.
Después de esperar meses por Pacific Rim, la cinta no me decepcionó en ningún momento. Uno de los hijos favoritos de México en el cine hollywoodense lo volvió a hacer. Guillermo del Toro nos regresó a la infancia y la adolescencia.
 ¡Así se hace una buena película palomera! , con ese olor a pólvora de los petardos cuando eras niño: Te explotan y te sacuden la infancia con cada enfrentamiento y giro de cámara. Sientes cómo la acción y el drama apocalíptico evocan los capítulos de las series animadas que veías recostado en tu sofá, pero en una película de ¡120 minutos!
Sí, aceptémoslo, no es la historia innovadora de ciencia ficción que el cine esperaba. Los Kaijus (monstruos a lo Godzilla) provenientes del océano invaden la tierra y la humanidad se encuentra un dilema: Luchar o la extinción. Los Jaegers, fusión hombre-robot, se enfrentan a estos seres para regresar la paz mundial. ¿Algo nuevo suena? Pues, no, pero es directa, divertida y visualmente aplastante.
Estos robots sí huelen a óxido y cables de bronce; no son unos Transformers encerados por una chica en pantalones cortos que aparece en cada secuencia bien maquillada.  No es Godzilla, Evangelion ni Mazinger-Z, es un collage de influencias y tributos  en el filtro retorcido y cinéfilo de Del Toro.  


Si bien la música es algo repetitiva, la colaboración de Tom Morello con esos riffs pegajosos de guitarra —acompañado con esas percusiones,  cuerdas y metales— le da un ritmo trepidante y de suspenso a toda la película. Escuchas ese estribillo de banda sonora y dices: “¡Ahí viene otro puñetazo de hierro contra reptil y viceversa!”.
Recuerdo películas de este corte y me viene a la mente “Tiburón” de Spielberg: Palomera,  banda sonora efectiva y realizada con mucho feeling. No hay más, si necesitas un buen rato agradable y pegado a la butaca sin reacomodos de nalga, Pacific Rim es la opción.

Nota: Es curioso que el Jaeger estadounidense sea conducido por un gringo y una japonesa, cuando se ha mencionado muchas veces que el país del Sol Naciente usa la mitología de Godzilla como un ser que evoca los ataques atómicos de la Segunda Guerra Mundial.

 Limando asperezas, supongo.