A Ometéotl
A veces creo que tengo alma de
vegano o vegetariano. No por voluntad ascética o fidelidad bondadosa hacia mi
cuerpo, sino por prioridades de empedernido y crisis económica. Esa crisis que
te hace decidir entre comer algo sano más barato o algo un poco más caro con alto
valor calórico. Verbigracia: ¿Empacar tacos al pastor o engullir una pasta con
vegetales?
Con frecuencia rehúyo a las
comilonas o a la juerga intensa, pero cuando me reencuentro con mi monstruo
interno suelo darme unos agasajos dantescos en detrimento de mi estómago e
hígado.
No me siento orgulloso de eso, pero
tampoco deja de afectarme más allá de unos minutos de superflua reflexión.
Quizá llegar a los 30 me ha
enseñado a ser más tolerante de lo habitual. A controlar el movimiento de mi
ceño ante el circo humano de la sociedad que me rodea, y de la que formo parte
como mamífero con correa.
También creo que mi constante huida
del círculo bohemio —donde me desenvolvía con naturalidad— me convierte en un
reivindicado temporal. Pero no quiero comportarme ni ser como un predicador
rehabilitado en busca de la salvación del prójimo.
Preferiría meter mi cabeza en un
hoyo antes que intentar una pirueta discursiva sobre lo bueno y lo malo de
consumir muchas toxinas, comidas grasosas, alcoholes, fermentados de tepache,
pulque y etcéteras.
Por ello siento —a veces— que conversar
con ciertos chic@s parece más un duelo de caminar de puntitas, como danzarina
con kilos de más, que una simple conversación amena, cuando se tocan los
hábitos alimenticios y la rutina diaria.
Porque parece que el canon ha
cambiado hacia el “ya no importa que tengas unos gramos extra”, si eres un
consumidor asiduo de productos orgánicos de tu huerto o un ser de luz que hace
yoga en las mañanas.
Ahora se estila purificar el
cuerpo, no importando que el fin de semana nos aventemos unos “caballitos” de
tequila —a trote de Clint Eastwood— en una barra del bar favorito.
Yo soy un inútil para seguir
regímenes alimenticios. Me resultan indescifrables como los ejercicios
algebraicos de la preparatoria o la universidad.
Y aunque practico deporte y tengo
unas mancuernas empolvadas bajo el librero, no lo realizo con la frecuencia de
un atleta de alto rendimiento, pero sí como un futbolista con panza que da los
toques exactos a los delanteros; o como el bohemio que después de unos
alcoholes todavía puede servir las cubas con hielo y agua mineral: “pintadita nomás”.
Por eso creo que deberíamos ser más
conscientes sobre los gustos del otro, y no sonar como predicadores promulgando
la palabra del Señor al sentarnos a deglutir los sagrados alimentos: ¿Cárnico o
no cárnico?, ¿vegetales, cereales o lácteos?
Siempre me fascina repetir que aplico
la máxima de Guillermo Fadanelli cuando se le pregunta sobre su afición a hacer
ejercicio: “Me gusta estar en condiciones y tener algo qué destruir, si no es
muy sencillo ser un borracho que se cae a las primeras de cambio”.
En consecuencia, prefiero ser un
mundano que disfruta todas las delicias comestibles que abundan en las
taquerías de la esquina —con su respectiva salsa verde, picosa como el aliento
de Satán—, acompañándolas con unos pepinos frescos y verdes, recién saliditos
del huerto.
Entonces… si de algo moriré, no
quiero que digan con desdén: “Murió con antojo”.
¡Amén!
ResponderEliminar