miércoles, 7 de octubre de 2015

Puñeta mental sobre futbol



Hace unos días tuve un sueño futbolero. De ésos donde Oliver Atom era mi delantero; Roberto Carlos, la defensa derecha; Dunga, el central; Robin Van Persie me orquestaba la delantera, y yo —en la media— hacía magia para deleite de las multitudes.

En el momento más álgido del duelo —me cometían falta e iba a cobrar un penal— sonó mi celular y un motor de vocho ladró con furia en el vecindario. Cerca, cerquísima, estuve de la gloria, el levantamiento en hombros y la algarabía mundialista.

Oliver Atom.
Lo curioso es que sé muy poco del arte de las canchas. No me arrellano frente al televisor a ver partidos (¡duran 90 preciosos minutos!), porque la psicosis por hacer otra cosa     —igual de inútil— me guía hacia otros lugares.

Pensé: quizá sólo sea esa añoranza de la niñez que llega con los treinta, donde la reunión posterior a la cascarita callejera era un duelo de anécdotas sobre quién había jugado mejor.
O quizá la curiosidad por imaginar un universo paralelo que dibujara el despertar en una familia pambolera, con padres gritándote —desde el público— en la cancha local: “¡vamos, vamos, hijo, desmárcate!”.

Carlos Bledorn "Dunga"
O el desencanto de alguna derrota adolescente —no superada— en un campo lleno de charcos, con el short desgarrado por una barrida en el área chica que evitara el gol del triunfo contrario.

Mientras descubro si es aquello o lo otro, seguiré intentando regresar a ese sueño, nomás por el puro placer chingativo de ser mexicano y —ahora sí— ganar un partido importante en penaltis.






Ricardo Martínez González.