Hace unos días tuve un sueño
futbolero. De ésos donde Oliver Atom era mi delantero; Roberto Carlos, la
defensa derecha; Dunga, el central; Robin Van Persie me orquestaba la
delantera, y yo —en la media— hacía magia para deleite de las multitudes.
En el momento más álgido del duelo
—me cometían falta e iba a cobrar un penal— sonó mi celular y un motor de vocho
ladró con furia en el vecindario. Cerca, cerquísima, estuve de la gloria, el
levantamiento en hombros y la algarabía mundialista.
Lo curioso es que sé muy poco del
arte de las canchas. No me arrellano frente al televisor a ver partidos (¡duran
90 preciosos minutos!), porque la psicosis por hacer otra cosa —igual de
inútil— me guía hacia otros lugares.
Pensé: quizá sólo sea esa añoranza
de la niñez que llega con los treinta, donde la reunión posterior a la
cascarita callejera era un duelo de anécdotas sobre quién había jugado mejor.
O quizá la curiosidad por imaginar
un universo paralelo que dibujara el despertar en una familia pambolera, con
padres gritándote —desde el público— en la cancha local: “¡vamos, vamos, hijo,
desmárcate!”.
O el desencanto de alguna derrota
adolescente —no superada— en un campo lleno de charcos, con el short desgarrado
por una barrida en el área chica que evitara el gol del triunfo contrario.
Mientras descubro si es aquello o
lo otro, seguiré intentando regresar a ese sueño, nomás por el puro placer
chingativo de ser mexicano y —ahora sí— ganar un partido importante en
penaltis.


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