DEBO guardar en mi cabeza dos o tres reproches de amores nunca
concluidos. Tantas disputas familiares perdidas y reconstruidas hasta el mínimo
reparo.
Esa herida —al lado del tobillo— y unas manos afanándose en
curarla. El tacto de unos labios húmedos y la suspicacia que lame orgullo tras
las sábanas.
Los buenos deseos cuando ella salió de casa. Una sombra en
la pared removiendo la ropa, los libros, las risas por compromiso.
Esa coma —casi al final del texto— que no ajusta con tu
visión del ritmo, y tus piernas de girasol envueltas en esa toalla verdemar que
insistes en usar aunque cuelga de un hilo.
Hay un espacio en el buró repleto de notas sin sentido
práctico, una capa de polvo aguarda mejores tiempos.
Nada es poco a tu lado, esas letras apiladas en un fólder tendrán sabor a vainilla. Quizá huelen a portazo en la cara.
Quién lo dirá entonces,
si después de verte casi reenvío cada palabra que no has
dicho.
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