jueves, 10 de abril de 2014

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Me gustaría dibujar mi espalda en tu sillón azulmarino. Cambiar el canal de la TV cuando estás cansada, y distraer tu atención en los espacios comerciales. 
Mirarte en la madrugada hacer “eses” en la duermevela para ir al baño. Y escuchar, sílaba a sílaba, cada frase entrecortada que nunca terminas.
Tú no eres labios, ni piernas o huesos. Hay sangre y bocanada escrita en tu piel tornasol. Remitentes de dolor que se arrebatan una sombra bajo tu árbol de naranjo.

Vamos a reírnos de los viejos chistes y a intentar   —en vano— conocernos. A reemplazar lápices por tintas indelebles. A sedarnos y defender cada anécdota que pensamos. 
Respiraré poco —quizá unos latidos más— y entornaré tus ventanas, a reserva de perder.

Insinúame otra ruptura. Descríbela.

Permite a las palabras un cauce sin sobresaltos. Nunca está de más decirte al oído un lugar común.


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